Luces y sombras de la Ilustración

Etimológicamente, la palabra ilustración proviene del término latín illustrare que designa tanto la acción de iluminar como el concepto de sacar a luz o divulgar. En el siglo XVIII, surgió un movimiento cultural, intelectual e ideológico que se autodenominó mediante esta analogía. La Ilustración se autoproclamó como el siglo de las luces dada su marcada voluntad de iluminar mediante el conocimiento, la razón y el progreso. Esta declaración de intenciones inicial, entendida a modo de manifiesto intelectual, no tan solo contribuyó a asentar las bases del movimiento, sino que también estableció una determinada manera de entender el mismo. Desde el punto de vista de la historiografía tradicional, la Ilustración ha sido estudiada tomando como principal referencia su declaración de intenciones. Sin embargo, determinadas revisiones historiográficas apuntan a que esta escuela de pensamiento se aleja paradoxalmente de sus principios fundacionales dando como resultado un movimiento mucho más poliédrico y complejo de analizar.

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El auge de la frenología: ideario político y función social de la práctica en siglo XIX

El valor de una disciplina no siempre viene determinado por su rigor científico o por las evidencias que la respaldan. En algunas ocasiones, la difusión de una disciplina tiene que ver más con la construcción social generada a su alrededor que con la verdad epistemológica de su campo de estudio. Esto, lejos de significar un descrédito hacia las evidencias científicas, pone de manifiesto la importancia de entender cada paradigma de conocimiento en su debido contexto. En este sentido, el éxito o fracaso de una disciplina no se puede explicar tan sólo en términos de verdad intrínseca de sus proposiciones, sino que cabe prestar atención al proceso de creación del conocimiento, su significado en el contexto en el cual se desarrolla y su función social. Un buen ejemplo de ello es la frenología (del griego conocimiento de la mente), una disciplina surgida para dar respuesta al funcionamiento de la psique humana.

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El medioambiente como imperativo geoestratégico durante la Guerra Fría

Era el siglo V antes de nuestra era cuando el general Sun Tzu escribió El Arte de la Guerra, considerado uno de los mejores libros de estrategia militar de todos los tiempos. En él, Tzu situaba el conocimiento estratégico del territorio como elemento fundamental para el resultado de una contienda: “Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla”. Lejos de quedar antiguada, esta idea ha continuado estando vigente hasta la época contemporánea, trazando las líneas de actuación en diferentes conflictos. Bajo este imperativo de vigilancia del entorno como estrategia militar, en plena Guerra Fría, la necesidad geoestratégica de control del conjunto orgánico de la Tierra supuso el florecimiento de las denominadas geociencias. En este sentido, podemos considerar que el desarrollo de estas disciplinas está directamente relacionado con unos nuevos desafíos estratégicos, militares y de inteligencia fruto del enfrentamiento político (Turchetti, 2012: 1).

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El diálogo entre la cultura científico-técnica y la cultura artistico-humanística

La relación entre arte y ciencia representa uno de los principales temas de debate en el seno de la sociedad contemporánea. Por eso mismo, dentro de las Jornadas de Interacció17 se dedicó una línea de debate enfocada a este tema: El diálogo entre la cultura científico-técnica y la cultura artisticohumanística. Este tuvo lugar en el corazón de Barcelona, un lugar forjado entre la dualidad de ciencia y arte. En esta ciudad se pueden encontrar centros pioneros en investigación y, al mismo tiempo, un clima artístico vibrante compuesto por innumerables centros culturales. No es casualidad (o quizá sí) que las Jornadas se desarrollaran a un paso entre una Facultad de Matemáticas y Computación y la zona de museos de arte contemporáneo.

Crónica completa disponible en el siguiente enlace.

Islam y ciencia en la Edad Media

Para que la ciencia prospere en una sociedad se deben producir, en mayor o menor medida, una serie de factores que favorezcan el desarrollo de un clima intelectual propicio al avance del conocimiento. En primer lugar, es necesario que reine la estabilidad política en el territorio para poder promover estudios, proyectos e instituciones a largo plazo. En segundo lugar, un contexto de prosperidad económica favorecerá la inversión de capital en investigación y divulgación. En tercer lugar, la existencia de un compromiso tanto político como cultural con el avance del conocimiento será clave para promover instituciones culturales dedicadas al progreso de la ciencia. En el contexto de la Edad Media, la conjunción de estos tres factores se daba en mayor medida en el conjunto del Imperio Islámico, lo que convierte a este territorio como el principal foco de creación de conocimiento científico de la época.

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El triunfo del método experimental

La Revolución Científica, entendida como una ruptura drástica con la tradición intelectual y científica preexistente para dar paso a un nuevo paradigma de conocimiento, no existe. Mejor dicho, el concepto clásico de Revolución Científica ha muerto para dar paso a una explicación mucho más compleja del surgimiento de la ciencia moderna (Lindberg, 1990). Por un lado, no podemos entender este periodo como una extensión o evolución de pensamiento aristotélico. Pero por el otro, tampoco sería correcto plantear esta revolución desde el punto de vista de una ruptura categórica con el legado de los clásicos. En este sentido, D. Garber plantea que muchas de las teorías revolucionarias que surgieron en esta época tuvieron la necesidad de buscar una base teórica o moral en los clásicos del conocimiento con tal de conseguir aceptación en la esfera científica y social (Garber, 2001).

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Enseñar, educar, adoctrinar

Era el año 1888 cuando la ciudad de Barcelona se preparaba para acoger un evento político, económico y cultural de gran alcance: la Exposición Universal. Para la ocasión, la ciudad condal creó un recinto de casi quinientos mil metros cuadrados para acoger los diferentes pabellones. Desde el Arco de Triunfo hasta prácticamente la Barceloneta, la ciudad se vestía de modernidad y progreso ante la expectación internacional. Una de las piezas clave de este evento fue, sin lugar a duda, el Parque de la Ciutadella. Esta antigua caserna militar puesta al servicio de la ciudad representaba el triunfo de una ideología. Por un lado, la reconversión del espacio en parque (naturaleza controlada) representaba un cambio paradigmático para la sociedad del siglo XIX. Barcelona se dotaba de un pulmón verde para contrarrestar -de manera simbólica- la progresiva industrialización de la ciudad. Por otro lado, la supresión del complejo militar también suponía la recuperación de un espacio político e ideológico fundamental para el catalanismo (Vázquez & Sánchez, 2002). Bajo el pretexto de la Exposición Universal, el Parque de la Ciutadella resurgía como un espacio de encuentro entre naturaleza, progreso y sociedad.

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