Equivocaciones cotidianas

A todos nos ha pasado. Cuando nuestra madre intenta llamarnos es muy posible que acabe por mencionar el nombre de todos nuestros hermanos e incluso el de nuestro perro antes de dar con el que nos corresponde. Y, de la misma manera, es muy probable que a nosotros también nos pase lo mismo cuando intentamos llamar a nuestros allegados. ¿Pero a qué se deben estas confusiones? ¿Es que nos parecemos mucho más de lo que nos gustaría reconocer a nuestros familiares y mascotas?

La respuesta a estas preguntas está en la manera en la que nuestro cerebro organiza la información. Aunque pueda parecer aleatorio, en nuestra cabeza la información se agrupa por conjuntos semánticos. Es decir, en parcelas de conocimiento donde guardamos los elementos que mantienen una relación entre sí. En el caso de las relaciones sociales, este fenómeno se traduce en las categorías en las que agrupamos el nombre de personas que pertenecen a un mismo grupo, ya sea este la familia, los amigos cercanos o los compañeros de trabajo.

¿Pero qué ocurre cuando nos equivocamos de nombre al intentar llamar a alguien? Es tan sencillo como que a nuestro cerebrose le han cruzado los cables al intentar escoger el nombre del paquete que corresponde. De ahí que sea muy frecuente cometer estos errores entre personas de un mismo círculo con las que se comparte el mismo vínculo.