Luces y sombras de la Ilustración

Etimológicamente, la palabra ilustración proviene del término latín illustrare que designa tanto la acción de iluminar como el concepto de sacar a luz o divulgar. En el siglo XVIII, surgió un movimiento cultural, intelectual e ideológico que se autodenominó mediante esta analogía. La Ilustración se autoproclamó como el siglo de las luces dada su marcada voluntad de iluminar mediante el conocimiento, la razón y el progreso. Esta declaración de intenciones inicial, entendida a modo de manifiesto intelectual, no tan solo contribuyó a asentar las bases del movimiento, sino que también estableció una determinada manera de entender el mismo. Desde el punto de vista de la historiografía tradicional, la Ilustración ha sido estudiada tomando como principal referencia su declaración de intenciones. Sin embargo, determinadas revisiones historiográficas apuntan a que esta escuela de pensamiento se aleja paradoxalmente de sus principios fundacionales dando como resultado un movimiento mucho más poliédrico y complejo de analizar.

Desde el punto de vista ideológico, la Ilustración nace con el anhelo de aportar luz a la sociedad mediante la razón. Entre sus proyectos más ambiciosos podemos encontrar L’Encyclopédie o Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers (1772), una obra en la cual se buscaba recopilar todo el conocimiento humano con el objetivo de ordenar el mundo cotidiano de acuerdo con principios derivados de la experiencia. Este planteamiento se alejaba radicalmente de todos aquellos saberes que habían sido obtenidos mediante la revelación o la tradición, marcando un punto de inflexión fundamental en la construcción del conocimiento. (Daston, 1985). En este periodo, la ciencia consigue dar el salto a la esfera pública donde se convierte en uno de los elementos centrales de la sociedad ilustrada. De la misma manera, esta se integra en un amplio proceso de transformación cultural en el cual la autoridad del conocimiento es utilizada como elemento de cohesión social. La nueva filosofía natural ilustrada no tan solo era una fuente de conocimiento científico, sino que además proporcionaba un determinado orden constitucional, moral y religioso (Secord, 1985).

Los principales exponentes del pensamiento ilustrado encajan dentro de unos determinados roles sociales tradicionalmente establecidos. Pertenecer a una clase social acomodada, como es el caso de la aristocracia, aseguraba la honradez de los individuos a la hora de expresar sus juicios científicos ya que sus opiniones no quedarían condicionadas a la merced de un mecenas.  Yendo un paso más allá, Shapin define el hombre de ciencia de este periodo como un varón encajado dentro de un perfil de erudito, profesor universitario, médico o caballero (Shapin, 2006). Sin embargo, a la periferia de estas figuras también podemos encontrar otros actores fundamentales para el desarrollo del pensamiento científico ilustrado. Figuras consideradas marginales, como es el caso de los esclavos o los nativos, jugaron un papel fundamental tanto en la producción del nuevo conocimiento científico como en la propia supervivencia de las expediciones. En esta misma línea, el papel de las mujeres como personajes activos dentro del panorama ilustrado está adquiriendo cada vez más peso (Golinski, 2011).

Los canales de investigación y distribución del conocimiento derivado de la filosofía natural se articulaban alrededor de espacios públicos y privados de diversa índole. Las sociedades científicas canalizaban buena parte de la actividad investigadora. Las universidades, en cambio, representaban lugares de aprendizaje totalmente alejados de la investigación y el debate. Este se producía en espacios tales como saloons, cafés o confiterías alrededor de los cuales se articulaba la discusión científica e intelectual. De la misma manera, los hogares particulares también se convirtieron en espacios para la divulgación del conocimiento científico. Este clima intelectual se vio arropado en buena parte por la literatura científica incipiente, mediante la cual se buscaba educar a la sociedad en el constante intercambio de conocimiento. De ahí el surgimiento de una potente industria editorial para la difusión segmentada de obras de divulgación dirigidas a diversos perfiles como es el caso de mujeres y jóvenes (Daston, 1980; Secord, 1985). En este sentido, cabe destacar que los niveles de alfabetización de la época eran muy bajos razón por la cual se abogaba por la creación de contenidos pensados para ser leídos en voz alta mediante la teatralización. Esta práctica se puede inscribir dentro de la corriente denominada Entertainment and Enlightment, en la cual la nueva filosofía natural era rápidamente convertida en un espectáculo para todos los públicos. La irrupción y posterior popularización de la práctica científica en la esfera pública la convirtió en uno de los elementos centrales del pensamiento ilustrado. La ciencia, entendida como práctica cultural, no tan solo tenía que ver con el progreso en sí, sino que también se consolidó como un símbolo de poder y riqueza. De ahí la exposición de instrumentos científicos como parte del patrimonio de un hogar (Secord, 1985).

Tradicionalmente, este clima intelectual se ha asociado con las grandes metrópolis europeas de la época. Sin embargo, revisiones historiográficas recientes han puesto de manifiesto el carácter global y descentralizado del movimiento (Golinski, 2011). En primer lugar, la Ilustración no se produjo exclusivamente en el continente europeo, sino que se desarrolló de manera muy destacada en otros puntos del globo. En segundo lugar, las ciudades periféricas también representaron un importante foco de producción y desarrollo científico dentro del movimiento ilustrado. En este contexto surge la idea de redes de intercambio de conocimiento en las cuales la tarea científica era producida y avalada por diferentes individuos. En este mismo sentido, la Ilustración puede entenderse como un movimiento intelectual inspirado en los ideales de la Revolución Científica. De ahí la importancia que se le atribuye al uso de un método riguroso para la creación y validación del conocimiento. La práctica científica ilustrada debía validarse mediante el uso de experimentos, mediciones u otras técnicas de racionalización del conocimiento. En esta misma línea, también eran necesarios adoptar otros mecanismos de ratificación del conocimiento como es el caso de las expediciones para determinar el tamaño y la forma del globo terráqueo.

Si bien es cierto que dentro del movimiento podemos distinguir diferentes características en función del contexto geográfico, político y social donde se desarrollen, también es importante focalizar nuestra atención en los rasgos que caracterizan el discurso ilustrado desde una perspectiva más general. Es el caso, por ejemplo, del materialismo, la firme voluntad de clasificar los elementos de la historia natural y el deseo de reformar el lenguaje de la ciencia (Golinski, 2011). Pero también podemos entender la Ilustración como una difusión del newtonismo, del racionalismo y de la idea de progreso. A grandes rasgos, este movimiento intelectual puede entenderse como un periodo de intensa búsqueda e intercambio de conocimiento a escala global. En esta misma línea, el discurso de la filosofía natural ilustrada se basa en aproximaciones utilitaristas mediante las cuales el conocimiento (y la ciencia) eran presentados como elementos transformadores de la sociedad. De la misma manera, la nueva visión de la filosofía natural iba indisolublemente ligada a los valores de la Ilustración: la física demostraba la gloriosa plenitud de Dios, las discusiones sobre botánica exaltaban la supremacía del imperio británico, los conocimientos de la naturaleza se asociaban a la capacidad adquisitiva (de conocimiento) de las élites sociales. Es decir, la construcción de un nuevo paradigma científico también pasaba por establecer vínculos entre la fuerza moral, religiosa y política a través del conocimiento científico (Secord, 1980). A pesar de todo ello, la filosofía ilustrada también se caracteriza por un sentimiento omnipresente de incertidumbre con relación a la construcción de esta nueva ciencia. Tanto la fiabilidad del método como el uso de nuevos instrumentos era percibido con cierto escepticismo por algunos intelectuales de la época, razón por la cual el concepto de la duda epistemológica era bastante extendido. Muestra de ello, El sueño de D’Alembert de Denis Diderot (1769), una obra en la cual unos de los padres de la Ilustración se cuestiona sistemáticamente los principios de esta nueva filosofía natural.

En conclusión, la Ilustración no siempre ha brillado bajo los mismos focos que se habían planteado inicialmente. Tampoco podemos decir que el brillo de cada uno de ellos fuera uniforme y constante durante todo el siglo XVIII. Yendo un paso más allá, incluso deberíamos contemplar a gran escala cómo la presencia de focos menores ha contribuido a iluminar el panorama ilustrado. Para algunos autores, este periodo puede entenderse como la cuna de los valores contemporáneos y, consecuentemente, como el principio de una nueva concepción del mundo mediante el conocimiento científico y la racionalidad. Para otros, el sentimiento de incertidumbre omnipresente de este movimiento representa los últimos vestigios del antiguo régimen y, por lo tanto, de un paradigma científico extinto (Golinski, 2011). Más allá de esta disputa, podemos concluir que la imagen de la Ilustración como movimiento dominado exclusivamente por la razón y el conocimiento ha sido construida a modo de mito o leyenda y no se ajusta a la realidad de un movimiento tan complejo y lleno de matices.

 

Bibliografía

Golinski, J. (2011). Science in the Enlightenment, Revisited. History of Science, 49(2), 217–231

Golinski, J. (1986). Essay Review: Science in the Enlightenment: Science and the Enlightenment Science and the Enlightenment . HankinsThomas L. (Cambridge University Press, Cambridge, 1985). History of Science, 24(4), 411–424

Daston, R. (1980). The Business of Enlightenment: A Publishing History of the Encyclopedie 1775-1800. Eighteenth-Century Studies, 13(3), 335

Secord, J. A. (1985). Newton in the Nursery: Tom Telescope and the Philosophy of Tops and Balls, 1761–1838. History of Science, 23(2), 127–151.

Shapin, C. (2006). The Man of Science. Early Modern Science, 3, 179–191

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