El medioambiente como imperativo geoestratégico durante la Guerra Fría

Era el siglo V antes de nuestra era cuando el general Sun Tzu escribió El Arte de la Guerra, considerado uno de los mejores libros de estrategia militar de todos los tiempos. En él, Tzu situaba el conocimiento estratégico del territorio como elemento fundamental para el resultado de una contienda: “Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla”. Lejos de quedar antiguada, esta idea ha continuado estando vigente hasta la época contemporánea, trazando las líneas de actuación en diferentes conflictos. Bajo este imperativo de vigilancia del entorno como estrategia militar, en plena Guerra Fría, la necesidad geoestratégica de control del conjunto orgánico de la Tierra supuso el florecimiento de las denominadas geociencias. En este sentido, podemos considerar que el desarrollo de estas disciplinas está directamente relacionado con unos nuevos desafíos estratégicos, militares y de inteligencia fruto del enfrentamiento político (Turchetti, 2012: 1).

En cierta manera, la Segunda Guerra Mundial inauguró un nuevo paradigma de investigación científica basada en la economía armamentista, es decir, la idea de que la evolución de la ciencia está mayoritariamente sujeta a la escalada militar. En este sentido, la ciencia pasó a considerarse bajo una perspectiva estrictamente utilitaria y operativa, entendiéndose como ciencia útil aquella con una aplicación directa. De la misma manera, esta disciplina entró en contacto directo con las dinámicas de gobierno, ejército e industria, adaptando su desarrollo a las necesidades de cada ámbito. El resultado de la Segunda Guerra Mundial, y especialmente el lanzamiento de las bombas atómicas de 1945, reforzó la convicción de que la seguridad nacional dependía de un desarrollo científico a gran escala ligado a una estrategia militar. Ese mismo año, el secretario de Guerra de Estados Unidos definió los laboratorios como la primera línea de defensa del territorio, razón por la cual se hacía patente la necesidad de promover la investigación científica como factor determinante para la supervivencia nacional (Forman, 1987: 156).

En un contexto sociopolítico marcado por el enfrentamiento pasivo entre las potencias, la Guerra Fría planteó el control como una herramienta para la supervivencia de ambos bloques. En este escenario, las ciencias de la tierra ofrecían todas las posibilidades de vigilancia bajo el velado pretexto de la investigación científica. El desarrollo de estas disciplinas respondía a tres necesidades geoestratégicas básicas: prospección, monitoreo y vigilancia (Turchetti, 2012: 2). La idea subyacente era poder ejercer el control de la naturaleza como herramienta estratégica en tiempos de guerra. En esta misma línea, en el año 1961, el Pentágono hizo patente su voluntad de financiar estudios relacionados con las ciencias ambientales dado su carácter de comprensión, predicción y control del entorno. (Doel, 2003: 636). El estudio de la Tierra buscaba, por un lado, interrogar al planeta sobre su estado y sus recursos y, por el otro, espiar a quienes habitaban su superficie para adelantarse a sus movimientos (Turchetti; Roberts, 2014:X). En el contexto, las ciencias de la tierra encontraron un clima ideal para su desarrollo bajo el pretexto geoestratégico que imperaba durante la Guerra Fría.

En una primera instancia, las ciencias de la tierra de enfocaron en la identificación y comprobación de los recursos naturales del planeta mediante el desarrollo de estudios geológicos y geofísicos. En un contexto donde el miedo al ataque nuclear era omnipresente, la prospección de los recursos de la tierra quedaba estrictamente ligada a la supervivencia de una nación. Paralelamente, la presencia (o no) de materia prima era un indicador del potencial crecimiento de un estado dentro del contexto global. En este sentido, el control sobre las reservas de petróleo (tanto propias como del territorio enemigo) constituía una necesidad vital tanto en tiempos de paz como en los de guerra. En una segunda etapa, el desarrollo de las ciencias de la tierra se vio más enfocado al monitoreo de la carrera armamentística enemiga. Mediante el estudio sismológico, los datos recolectados eran capaces de ilustrar el estado de los programas nucleares desarrollados en el otro extremo del globo. En una tercera etapa, se priorizaron estudios geofísicos enfocados a la exploración estratégica del planeta (Turchetti, 2012: 3).

En un contexto en el cual el enfrentamiento quedaba a flor de piel, podemos entender el desarrollo de políticas de investigación enfocadas a los intereses militares como una elección política. Bajo el mecenazgo estatal, se priorizaron todas aquellas disciplinas útiles en la dinámica de la escalada militar. Paralelamente, el desarrollo de otras disciplinas sin implicación estratégica quedó limitada a los ámbitos universitarios. Este proceso puede entenderse como la creación de un nuevo mapa intelectual de la investigación, en el cual algunas disciplinas resultaron favorecidas por las necesidades incipientes mientras que otras no encontraron ningún respaldo al no encajar en las estrategias de la administración (Doel, 2003: 651). En este sentido, podemos considerar que el patronazgo militar dio forma al programa de investigación de las ciencias ambientales durante la Guerra Fría: desde la creación de programas de investigación hasta el surgimiento de una nueva ecología del conocimiento (Doel, 2003: 655).

Pero más allá del desarrollo de políticas de investigación internas, el auge de las geociencias debe entenderse como una tarea tanto internacional (en la cual se planteaba la colaboración entre diferentes países) como transnacional (proponiendo investigaciones más allá de las fronteras políticas). Posicionando el avance científico como centro de la cuestión, la creación de proyectos a escala global permitía la obtención de datos de largo alcance (Turchetti; Roberts, 2014: 10). El conocimiento geofísico de un territorio más allá de las propias fronteras era concebido como una herramienta de control que no involucraba necesariamente la anexión territorial del mismo (Turchetti; Roberts, 2014: 6). Es decir, implicaba el concepto de vigilancia del entorno sin la necesidad de instaurar una relación colonial. En este sentido fue clave la organización de eventos científicos a nivel internacional, como es el caso del Año Geológico Internacional (IGY; International Geophysical Year, 1957-1958). De cara a la galería, el gran objetivo de este evento era atenuar las tensiones hijas de los conflictos previos para dar paso a un nuevo paradigma de investigación colaborativa e internacional. Sin embargo, es innegable que dichas colaboraciones internacionales respondieran a los intereses geoestratégicos fruto de la Guerra Fría (Turchetti, 2012: 2).

La gran ventaja táctica que ofrecían las ciencias ambientales tiene que ver con la percepción pública de su desarrollo. Mientras que la vigilancia directa e intencionada de los enemigos podía poner en duda la moralidad del proyecto, la observación de la naturaleza no presentaba las mismas cuestiones éticas. Es decir, dependiendo del enfoque que se le diera al desarrollo de las ciencias ambientales, estas podían entenderse como un desafío orwelliano a la sociedad o bien como un conjunto de prácticas científicas relacionadas con la recopilación de conocimiento sobre el medio (Turchetti; Roberts, 2014: 3). Pero más allá del desarrollo relacionado con los objetivos militares, el auge de estas disciplinas también se vio reforzado por la incipiente preocupación sobre la crisis ambiental provocada, en parte, por las consecuencias nucleares o el excesivo uso de pesticidas (Doel, 2003: 635). Debido a esta dualidad de preocupaciones, hacia la década de los 60, podemos observar el desarrollo de dos tipos de ciencias ambientales: una más centrada en la ecología y otra enfocada en la geofísica (Doel, 2003: 653).

Si entendemos el desarrollo de las ciencias de la tierra como una consecuencia directa de la necesidad de prospección, monitoreo y vigilancia tanto del propio territorio como del enemigo, podemos entender el declive de estas disciplinas como parte de un proceso de optimización de estos procesos. Ya a finales de los 70, el desarrollo de los satélites supuso una alternativa más eficaz para las misiones de monitoreo y vigilancia (Turchetti, 2012: 3). Paralelamente, el lanzamiento del Sputnik desencadenó una crisis científica y moral ya que representaba un nuevo paradigma de progreso científico. Todo ello acabó desencadenando nuevas oportunidades de financiamiento para la investigación científica en campos estratégicamente útiles (Tur-chetti; Roberts, 2014: 8). Casi cincuenta años después, las dinámicas de financiación de la investigación científica siguen respondiendo a esta misma lógica. En un mundo en que los intereses de una nación se deciden en base a su rentabilidad económica o importancia estratégica, el desarrollo científico siempre quedará sujeto al sesgado dictamen de unos pocos.

Bibliografía

Turchetti, Simone, ‘The Earth Under Surveillance’, Viewpoint, June 2012.

Doel, Ronald E, ‘Constituting the Postwar Earth Sciences: The Military’s Influence on the Environmental Sciences in the USA After 1945’, Social Studies of Science, 33 (2003), 635–66 (fragmentos).

Forman, Paul, ‘Behind Quantum Electronics: National Security as Basis for Physical Research in the United States, 1940-1960’, Historical Studies in the Physical and Biological Sciences, 18 (1987), 149–229 (fragmentos).

Turchetti, Simone; Roberts, Peder. “Introduction. Knowing the Enemy, Knowing the Earth”. In: The Surveillance Imperative. Geosciences During the Cold War and Beyond, ed. by Simone Turchetti and Peder Roberts (Basingstoke: Palgrave MacMillan, 2014), 1-19.

 

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