Islam y ciencia en la Edad Media

Para que la ciencia prospere en una sociedad se deben producir, en mayor o menor medida, una serie de factores que favorezcan el desarrollo de un clima intelectual propicio al avance del conocimiento. En primer lugar, es necesario que reine la estabilidad política en el territorio para poder promover estudios, proyectos e instituciones a largo plazo. En segundo lugar, un contexto de prosperidad económica favorecerá la inversión de capital en investigación y divulgación. En tercer lugar, la existencia de un compromiso tanto político como cultural con el avance del conocimiento será clave para promover instituciones culturales dedicadas al progreso de la ciencia. En el contexto de la Edad Media, la conjunción de estos tres factores se daba en mayor medida en el conjunto del Imperio Islámico, lo que convierte a este territorio como el principal foco de creación de conocimiento científico de la época.

El punto de partida de la relación entre ciencia e Islam se produce en el contexto de la expansión del imperio durante la Edad Media. Bajo los prefectos del profeta, el Imperio Islámico empezó una rápida e intensa expansión territorial en la que alcanzó a conquistar la península arábica, parte de oriente medio, el norte de África y prácticamente la totalidad de la península ibérica hasta más allá de los Pirineos. En este proceso de expansión territorial, el Imperio floreciente entró en contacto con algunas de las civilizaciones más desarrolladas del momento: la griega, la persa y la india. Cada una de ellas contaba con una tradición científica propia muy desarrollada en la que se abordaban diferentes campos de conocimiento. En el seno de la conquista territorial islámica, se inició lo que Abdelhamid I. Sabra define como proceso de apropiación de la tradición científica local (Samsó, 2003). Es decir, la adquisición de la ciencia que de los territorios conquistados con el fin de asimilarla a la cultura islámica.

Este proceso se desarrolla debido, principalmente, a dos razones. En primer lugar, desde un punto de vista religioso, el Corán incitaba a sus fieles a buscar la ciencia, aunque sea en la China. En el texto sagrado abundan las menciones a la ciencia y a su importancia para el desarrollo social. Esto permitió a la cultura islámica apropiarse de tradiciones científicas muy diversas sin dejarse arrastrar por el contexto pagano (Lindberg, 2002). En segundo lugar, la necesidad de un desarrollo científico partía de una demanda política y social. Para la consolidación del imperio hacían falta una serie de conocimientos aplicables al día a día de los ciudadanos. Es el caso, por ejemplo, de la necesidad de un conocimiento en medicina avanzado para tratar a los enfermos, en agrimensura para la división de terrenos, en matemáticas para el reparto de herencias o en astrología para la predicción del calendario religioso.

La conjunción de estos dos factores dio lugar a un movimiento de traducción de textos científicos sin precedentes. En esta misma línea, Samsó destaca que entre los siglos VIII y X prácticamente todos los textos griegos no literarios y no históricos disponibles en el imperio bizantino o en el próximo oriente fueron traducidos al árabe, en un momento en el que la expansión del Imperio islámico creó una gran prosperidad y aparecieron nuevas clases sociales que patrocinaron generosamente las traducciones (Samsó, 2003).

Paralelamente a este movimiento de traducción surgieron un conjunto de instituciones dedicadas al avance de la ciencia, entre las cuales destacan bibliotecas, observatorios astronómicos y hospitales. En este contexto, las instituciones culturales jugaron un papel fundamental tanto para el avance del conocimiento científico (investigación) como para el proceso de transmisión del mismo (divulgación).

La creación de bibliotecas surge, en un primer momento, como respuesta a la necesidad de conservar los textos sagrados y, en segundo lugar, para producir y almacenar el corpus de conocimiento de la sociedad islámica. Estas instituciones se consolidan en el Islam medieval como vehículos del conocimiento al que podía tener acceso la población. Los principales usuarios de estas instituciones eran sabios, profesores y estudiantes que acudían a estos centros para consultar la bibliografía necesaria en sus estudios y, en algunos casos, iniciar un debate al respecto (Lerner, 1999). Además de las bibliotecas concebidas como tales, eran numerosas las instituciones que contaban con salas dedicas a este fin. Es el caso, por ejemplo, de mezquitas (dedicadas principalmente a las ciencias religiosas y a la jurisprudencia), madrasas (escuelas), hospitales, observatorios astronómicos y hogares particulares. En este sentido, cabe destacar que la proliferación de bibliotecas también está muy relacionada al prestigio social asociado a los libros (concebidos como productos de lujo) y al conocimiento. Uno de los ejemplos más destacados es la Casa de la sabiduría de Bagdad, considerada como la biblioteca y centro de traducción más prestigiosa de su época.

En este mismo contexto nacen los hospitales (también conocidos como bimaristan, del persa lugar de las personas enfermas) tal y como los entendemos hoy en día. Es decir, lugares dedicados a la mejora de la salud pública. Desde el punto de vista religioso, en el Islam existía un imperativo moral para tratar a los enfermos independientemente de su situación económica, social o religiosa. Es por ello que los primeros hospitales surgen como instituciones abiertas a todos: hombres, mujeres, civiles, militares, adultos, niños, ricos, pobres, musulmanes y no musulmanes. En ellos operaban médicos tanto islámicos, como cristianos o judíos (Savage-Smith, 1994). En su origen, estas instituciones se financiaban a partir de las llamadas waqf (ingresos de los legados píos) pero también a partir del presupuesto estatal. En dichos centros se desarrollaba el paralelo el tratamiento de los enfermos, la enseñanza de la medicina mediante la aplicación práctica de conocimientos y la investigación en este ámbito. Es decir, más allá de ser un lugar de acogida para los enfermos, los hospitales se convirtieron en un foco para el avance y la difusión de la medicina. Como muestra de ello, estas instituciones también contaban con instalaciones dedicadas a la biblioteca, farmacia y sala de diagnóstico.

  1. Samsó indica que los observatorios, en su origen, también son hijos del movimiento de apropiación, traducción y asimilación del conocimiento. En un momento en que la cultura islámica traduce, estudia y analiza tradiciones astronómicas contradictorias (como es el caso de la indo-iraní y la griega ptolemaica), la única manera de obtener un conocimiento fiable es mediante la observación directa (Samsó, 2003). Anteriormente, los astrónomos se ganaban la vida mediante aplicaciones prácticas de la astronomía al culto religioso o mediante predicciones astrológicas al servicio de los califas. En este contexto surgen los primeros observatorios astronómicos entendidos como instituciones dedicadas exclusivamente a la labor de observación del cosmos. En estos centros se contaba con los instrumentos de observación de mayor precisión de la época, lo que permitió grandes avances en el ámbito del estudio teórico. Según Samsó, el estudio de los movimientos planetarios buscaba hallar una explicación unificada para el funcionamiento del cosmos más allá de la mera elaboración de modelos para la predicción del posicionamiento planetario (Samsó, 2003). Los observatorios astronómicos entendidos como instituciones culturales para el estudio del universo gozaron de gran prestigio dentro de la sociedad islámica. Más allá de su labor de investigación, estos lugares se convirtieron en centros de intercambio de ideas y de instrucción. Dos de los más importantes fueron los de Samarcanda (1420-1500) y Maraga (1259-1316), donde se consiguieron desarrollar modelos geométricos planetarios no ptolemaicos.

Sin embargo, cabe destacar que la existencia de estas instituciones culturales se justificaba en la medida que sus conocimientos podían aplicarse a la vida práctica. En palabras de Lindberg: “Para el musulmán estricto, el conocimiento era siempre un medio más que un fin, subordinado a la consecución de la salvación personal, a la adquisición de la sabiduría definida en términos religiosos, al gobierno de la mancomunidad islámica o a algún otro propósito manifiestamente práctico” (Lindberg, 2002). Para las bibliotecas, el objetivo principal era convertirse en un centro de traducción, instrucción y divulgación del conocimiento en el que se formaran profesionales competentes. Los hospitales ejercían de casa de cura para los enfermos o heridos, tratamiento de enfermos mentales y asilo para personas mayores sin recursos. En cuanto a los observatorios, su principal objetivo consistía en la elaboración de tablas astronómicas que eran utilizadas para calcular la posición y el movimiento de los cuerpos celestes y, consecuentemente, para fines prácticos.

En el mundo islámico dichas instituciones dedicadas al avance y a la difusión de la ciencia jamás lograron alcanzar un estado autosostenible desde el punto de vista económico. Debido a esto, el desarrollo de la cultura científica siempre quedó condicionado al interés de las élites políticas y económicas, con todo el riesgo que ello conlleva. Bajo este paradigma, la idea que se desprende es que la buena ciencia es aquella que resulta útil en términos inmediatos y prácticos (medicina) en contraposición a todas aquellas ciencias que se desarrollan a largo plazo o no tienen una aplicación inmediata (astronomía teórica). Más allá de las grandes aportaciones de la cultura científica islámica a nuestra sociedad, esta idea persiste hasta nuestros días dando lugar a un paradigma en el que las instituciones culturales se desarrollan o no en base a su retorno económico y no según su potencial social.

 

Bibliografía

Lerner, F. (1999). Bibliotecas del mundo islámico. In Historia de las bibliotecas del mundo. Desde la invención de la escritura hasta la era de la computación. Buenos Aires: Troquel.

Lindberg, D. (2002). Los Inicios de la Ciencia Occidental. La Ciencia En El Islam. Barcelona: Paidós.

Samsó, J. (2003). La ciencia árabe-islámica y su papel en la historia de la cultura. Revista de Libros, 75, 12–16.

Savage-Smith, E. (1994). Islamic Culture and the Medical Arts: Hospitals. National Library of Medicine. Bethesda, Maryland: University of Oxford.

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