El triunfo del método experimental

La Revolución Científica, entendida como una ruptura drástica con la tradición intelectual y científica preexistente para dar paso a un nuevo paradigma de conocimiento, no existe. Mejor dicho, el concepto clásico de Revolución Científica ha muerto para dar paso a una explicación mucho más compleja del surgimiento de la ciencia moderna (Lindberg, 1990). Por un lado, no podemos entender este periodo como una extensión o evolución de pensamiento aristotélico. Pero por el otro, tampoco sería correcto plantear esta revolución desde el punto de vista de una ruptura categórica con el legado de los clásicos. En este sentido, D. Garber plantea que muchas de las teorías revolucionarias que surgieron en esta época tuvieron la necesidad de buscar una base teórica o moral en los clásicos del conocimiento con tal de conseguir aceptación en la esfera científica y social (Garber, 2001).

Este periodo puede ser considerado como un punto de inflexión en la historia de la ciencia debido al surgimiento de nuevas propuestas para la reforma del conocimiento, de ahí el sentido del término revolución. T. Kuhn, a través de su teoría de la inconmensurabilidad, plantea las revoluciones científicas como la lucha entre paradigmas radicalmente opuestos. En estos no tan solo se enfrentan concepciones científicas totalmente diferentes, sino que también se contraponen diversas visiones del mundo (con sus respectivos métodos, teorías y connotaciones sociales). La Revolución Científica del siglo XVII tiene lugar en un momento en que la filosofía natural aristotélica ya no es capaz de dar explicación a los fenómenos de la naturaleza ni de generar nuevos conocimientos. Es entonces cuando surge la necesidad de encontrar un nuevo lenguaje del descubrimiento para crear una filosofía natural nuevamente operativa. Es decir, se plantea la necesidad de una nueva metodología capaz de descifrar la verdad epistémica: enunciados universales validables empíricamente (Shapin & Schaffer, 1985).

En la búsqueda de este nuevo paradigma para entender el mundo cabe destacar cuatro factores determinantes: el surgimiento del realismo matemático como mecanismo para entender la realidad física, la fabricación de instrumentos para la observación del mundo, el uso de los laboratorios como entornos en los que reproducir y estudiar los fenómenos de la naturaleza y la propuesta del enfoque experimental como mecanismo de validación del conocimiento. Es decir, se plantean nuevos lenguajes, herramientas, espacios y métodos. En este sentido, dado el cambio de paradigma que suponen, podemos considerar que estos factores marcan un punto de inflexión entre la filosofía aristotélica y los orígenes de la ciencia moderna (Shapin, 1988). Las matemáticas proporcionan una visión en términos cuantitativos de la realidad, los nuevos instrumentos científicos permiten mejorar las capacidades humanas de observación, los laboratorios científicos emulan la naturaleza para descubrir sus entrañas y, finalmente, el método experimental consigue descifrar un nuevo conocimiento del mundo fenoménico. Es decir, estos avances suponen el paso de un mundo cualitativo cognoscible a través de los sentidos a un mundo matemático conocido a través de la investigación. En esta misma línea, se plantea una alternativa a la filosofía deductiva (basada en axiomas intrínsecamente evidentes): un enfoque inductivo (en el cual se elaboran leyes a partir de la observación sistemática de la naturaleza) (Lindberg & Westman, 1990).

Los orígenes del enfoque experimental de la ciencia se pueden hallar en la necesidad científica y social de corroborar este nuevo paradigma del conocimiento. El método experimental suponía un nuevo mecanismo mediante el cual estudiar la naturaleza, producir conocimiento y validarlo ante la comunidad científica. Es decir, en su origen debemos entender la experimentación como parte de la construcción de un nuevo proyecto científico que necesitaba hacerse valer ante la opinión pública. Francis Bacon propuso la creación de una filosofía natural a través de un nuevo método gracias al cual la ciencia lograría avanzar y, consecuentemente, transformaría el mundo en beneficio de la sociedad. Una de las principales características de la filosofía baconiana era la imperiosa necesidad de establecer un proyecto colectivo, gestionado y financiado por el estado. Es decir, la idea de que todos pueden colaborar en la construcción de este nuevo modelo de ciencia a través del método correcto: el enfoque experimental como mecanismo para la investigación y el descubrimiento.

La aplicación del método experimental permitió analizar, producir y validar nuevos conocimientos en ámbitos tan diversos como son las ciencias matemáticas, la historia natural, la fisiología, la anatomía y la química entre muchos otros. El inicio de la experimentación como método para conocer el mundo tiene su origeng en la necesidad de corroborar conocimientos fruto del realismo matemático o de la observación. En el primer caso, Galileo Galilei es considerado uno de los primeros pensadores en afirmar que la naturaleza está escrita en el lenguaje de las matemáticas y que, por lo tanto, es posible estudiar los fenómenos naturales a través de una perspectiva cuantitativa. Pero más allá de sus demostraciones matemáticas, Galileo tuvo que recurrir a la observación y experimentación para validar sus teorías. En el segundo caso, en el ámbito de la fisiología, W. Harvey realizó innumerables experimentos con animales gracias a los cuales determinó el mecanismo de circulación de la sangre y del tránsito pulmonar. En estos casos, el proceso experimental (como nuevo método para el descubrimiento) marca un punto de inflexión entre una suposición y un conocimiento científico (Henry, 2001; Lindberg & Westman, 1990; Shapin, 1988).

Desde los primeros intentos aislados comprobar una suposición mediante pruebas hasta la creación de protocolos experimentales con control sistemático de variables supuso un largo proceso de adaptación tanto científica como social. En primer lugar, se puso en duda la validez del laboratorio (espacios artificiales) y de los instrumentos (artefactos imperfectos) como herramientas para el estudio del mundo fenoménico. Por otro lado, dado su carácter errático, también se cuestionó la validez de las observaciones fruto de los experimentos. Es decir, en el seno de este programa de investigación se produce una discusión sobre la validez del método experimental (artefacto creado por el hombre) para descifrar la naturaleza (creación divina). En esta discusión, el problema de fondo es la búsqueda de la verdad epistémica como órgano de cohesión social (Shapin & Schaffer, 1985). Es fundamental destacar el surgimiento de sociedades científicas en las cuales el enfoque experimental de la ciencia encontró un lugar donde desarrollarse. En estas se fue instaurando una tradición científica basada en la investigación e experimentación sistemática articulada a través de una comunidad de profesionales, testigos y patrocinadores.

La institucionalización de la práctica experimental alcanza su punto álgido en la Royal Society, donde R. Boyle impulsó un programa de experimentos para investigar sobre la naturaleza del vacío y la presión atmosférica. Este proyecto sobre el enfoque experimental de la ciencia acaba triunfando no tan solo por su efectividad técnica, sino sobre todo por sus implicaciones sociales (Shapin & Schaffer, 1985). La definición de unas determinadas prácticas, técnicas, metodologías para alcanzar la verdad epistémica consigue generar consenso en la comunidad y, consecuentemente, una cierta certeza moral sobre lo que se investiga. En esta misma línea, el programa de experimentación de Boyle logra transformar las experiencias individuales en conocimiento público, lo que determina su éxito. Sin embargo, creer que la institucionalización del experimento científico logra su éxito debido a su carácter moralmente superior respecto a sus alternativas sería un gran error. Shapin y Schaffer atribuyen este triunfo a los mecanismos disciplinares que utiliza Boyle para legitimar su programa: desde el punto de vista material, consigue mejorar sus instrumentos; desde el punto de vista social, se emplean a los virtuosi como testigos que dan fe sincera y libremente de los resultados; desde el punto de vista literario, elabora un discurso moral y retórico basado en la claridad, minuciosidad y modestia (Shapin & Schaffer, 1985).

En conclusión, el surgimiento e institucionalización de enfoque experimental de la ciencia debe ser entendido mucho más allá de una discusión metodológica en referencia al ámbito científico. El triunfo de la lógica del experimento sobre la lógica deductiva representa una muestra de la voluntad de socialización de la práctica científica frente a una concepción más oligárquica del conocimiento. En esta misma línea, la comprensión del mundo físico deja de estar cargada de connotaciones místicas o metafísicas para pasar a describir de la manera más fiel posible los fenómenos de la naturaleza. Tomando como ejemplo la discusión entre R. Boyle y T. Hobbes sobre el tema, la elección de una metodología u otra no tan solo representa una visión determinada de la ciencia, sino que delimita un modelo de sociedad muy concreto (Shapin & Schaffer, 1985). Consecuentemente, en el paradigma científico heredado continúan prevaleciendo estas ideas de democratización del conocimiento con el objetivo final puesto en el progreso científico, entendido como un mecanismo para la mejora social.

Bibliografía

Garber, D. (2001). Descartes and the Scientific Revolution: Some Kuhnian Reflections. Perspectives on Science, 9(4), 405–422.

Henry, J. (2001). The scientific revolution and the origins of modern science. Basingstoke: Palgrave.

Lindberg, D. C., & Westman, R. S. (1990). Reappraisals of the scientific revolution. Cambridge: Cambridge University Press.

Shapin, S., & Schaffer, S. (1985). Leviathan and the air-pump: Hobbes, Boyle, and the experimental life: including a translation of Thomas Hobbes, Dialogus physicus de natura aeris by Simon Schaffer. Princenton : Princeton University Press.

Shapin, S. (1988). The House of Experiment in Seventeenth-Century England. Isis, 79(3), 373–404.

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