Enseñar, educar, adoctrinar

Era el año 1888 cuando la ciudad de Barcelona se preparaba para acoger un evento político, económico y cultural de gran alcance: la Exposición Universal. Para la ocasión, la ciudad condal creó un recinto de casi quinientos mil metros cuadrados para acoger los diferentes pabellones. Desde el Arco de Triunfo hasta prácticamente la Barceloneta, la ciudad se vestía de modernidad y progreso ante la expectación internacional. Una de las piezas clave de este evento fue, sin lugar a duda, el Parque de la Ciutadella. Esta antigua caserna militar puesta al servicio de la ciudad representaba el triunfo de una ideología. Por un lado, la reconversión del espacio en parque (naturaleza controlada) representaba un cambio paradigmático para la sociedad del siglo XIX. Barcelona se dotaba de un pulmón verde para contrarrestar -de manera simbólica- la progresiva industrialización de la ciudad. Por otro lado, la supresión del complejo militar también suponía la recuperación de un espacio político e ideológico fundamental para el catalanismo (Vázquez & Sánchez, 2002). Bajo el pretexto de la Exposición Universal, el Parque de la Ciutadella resurgía como un espacio de encuentro entre naturaleza, progreso y sociedad.

El proyecto inicial del parque planteaba la creación de un espacio donde los ciudadanos pudieran acercarse a la ciencia a través de un entorno distendido. Es decir, crear un museo sin paredes que permitiera el libre acceso al conocimiento. Para ello se contaría con una serie de instalaciones mediante las cuales fuera posible explorar todo el espectro de las ciencias naturales: arqueología, geología, botánica, paleontología y zoología. La creación de este proyecto, lejos de estar relacionada con la bondad de los líderes políticos, tiene mucho que ver con la concepción del museo como espacio para enseñar, educar y adoctrinar. En el caso concreto del Parque de la Ciutadella, la creación de un templo de la ciencia se basaba en la voluntad de representar la cultura catalana como un ente ligado a la innovación, el progreso, la creación, la ciencia y la tecnología (March H., 2014). La exhibición del patrimonio científico respondía a diferentes criterios. Por un lado, la ostentación de un capital científico representaba sin ningún lugar a duda una muestra de poder económico e intelectual. Por otro lado, la selección de las piezas en relación con el patrimonio catalán también ejercía de punto de unión entre la ciencia y la ideología catalanista. Consecuentemente, la idea que trascendía de esta institución era que la cultura catalana era – inherentemente- científica, tecnológica y con capital económico y adquisitivo.

En este sentido, el Parque de la Ciutadella surge como una cohesión idílica entre el interés público (gestión cultural) y privado (donaciones de la burguesía). Lejos de ser inocente, la unión entre estos dos ámbitos es lo que define el lindar entre lo que se considera como conocimiento relevante para la sociedad y aquel que no lo es. Bajo las riendas del catalanismo católico, se determinó que la sección de paleontología del parque debía responder a la lógica de una fauna antediluviana. De la misma manera, la exposición botánica y zoológica respondía a una lógica totalmente colonialista/imperialista en la que el patrimonio expuesto respondía directamente a la conquista (y explotación) de otros territorios.

Esta idea ha trascendido hasta nuestros días con la construcción de los science centers, instituciones situadas en la fina línea entre el capital público y privado donde la ciencia se pone al alcance del público. En palabras de Jaume Sastre Juan, estaríamos hablando de la adopción de la lógica publicitaria como paradigma pedagógico y el interés político de las grandes corporaciones por difundir su particular visión sobre la ciencia, la tecnología y las relaciones sociales (Sastre Juan, 2016). En este sentido, cabe entender la creación de espacios para la divulgación científica como un mecanismo para transmitir y legitimar un discurso determinado. En pleno siglo XXI, la creación de espacios cada vez más sofisticados para la difusión de ciencia pionera nos indica que estamos en la puerta de un nuevo cambio de paradigma: nuestra sociedad ya no necesita (en la misma medida) mano de obra, ahora hacen falta profesionales capaces de enfrentarse a los nuevos retos del futuro como es el caso de la inteligencia artificial o de la cibernética. Sin ir más lejos y parafraseando al poeta Gabriel Celaya, los museos son un arma cargada de futuro. Lamentablemente, los ciudadanos no somos quienes eligen la carga o la dirección del disparo.

Bibliografía

March H., Enric (2014). La Ciutadella, el primer parc científic de Barcelona. Publicado online en enarchenhologos.blogspot.com.es (web recomendada por Patrimoni GenCat)

Sastre Juan, Jaume (2016). La inocencia de pulsar un botón. Investigación y Ciencia, 476 (Comunicación de la Ciencia), 12-13.

Vázquez, Julia & Sánchez, Carlos (2002). El Parque de la Ciutadella. Trabajos de campo e itinerarios urbanos. Universitat de Barcelona.

Versión PDF: M3: Cultura material, patrimonio y comunicación científica

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