Una odisea moderna

Desamparo, miedo, soledad y destierro. Esta es la realidad a la que se enfrentan los millones de personas que se ven obligadas a huir de su país en busca de un futuro mejor. Toda migración se presenta como un conflicto existencial: el riesgo a perderlo todo contra oportunidades inciertas, el miedo contra la esperanza, un pasado tormentoso contra un futuro indefinido. Muchas de las personas obligadas a abandonar su hogar en situaciones extremas padecen el Síndrome de Ulises, también conocido como Síndrome del Inmigrante con Estrés Crónico y Múltiple, un cuadro clínico que describe la desestabilización de la salud mental del individuo expuesto a una situación extrema.  El Síndrome toma el nombre del legendario personaje de Ulises quien tuvo que abandonar su tierra, su esposa, su hijo y su trono para participar en la Guerra de Troya. En una época en que el mundo era dominado por la voluntad de los dioses, Ulises tan solo era un hombre que vio abocado su destino a luchar contra viento y marea. Aun así, su viaje no acabó con la conquista de Troya. Ese tan solo fue el principio de una aventura mucho más intensa, la de volver a su patria.

En la obra clásica, cuando Ulises se prepara para emprender su viaje conoce de antemano las dificultades con las que se enfrentará durante su camino gracias al aviso de los oráculos: “Si supieras cuántas tristezas te deparará el destino antes de que arribes a tu patria, te quedarías aquí”, le avisan los dioses. De la misma manera, las personas que se enfrentan al exilio son conscientes de las dificultades que depara su viaje. Nadie cree en la inocencia del mar, en la bondad de las mafias, en un futuro sin dificultades. Es por eso que dar el paso es cada vez más difícil. Tan solo se aventuran aquellos que, sin más opciones en la vida, deciden arriesgarlo todo para conseguir un futuro digno. Cada año millones de personas se ven obligadas a abandonar sus hogares por causas ajenas a su voluntad. La Organización Internacional para las Migraciones calcula que actualmente hay 15,4 millones de refugiados en el mundo y 27.5 millones de desplazados internos.

El Síndrome de Ulises nace de la necesidad de atender psicológicamente a los nuevos inmigrantes el siglo XXI. El profesor Joseba Achotegui, descubridor del síndrome, explica que el fenómeno migratorio de los años 2000 demostraba que la migración se convertía en un fenómeno cada vez más complicado y doloroso para las personas. El sufrimiento más grande para los nuevos migrantes quedaba ligado a la ausencia de derechos, al cierre de fronteras, a la imposibilidad de volver a reunir las familias. De aquí la necesidad de crear un nuevo cuadro clínico para ayudar a este nuevo perfil de pacientes.

Toda persona que se exilia forzosamente de su tierra se ve enfrentada a siete duelos: la familia, la comunidad, la lengua, la cultura, la tierra natal, el estatus social y la integridad física. En psicología se define el duelo como el proceso de reorganización de la personalidad que tiene lugar cuando se pierde algo significativo. En algunos casos, las personas expuestas a esta situación quedan desestructuradas psicológicamente. En otros, la personalidad cambia totalmente y hace que la persona resulte irreconocible. Ante situaciones tan extremas de estrés, el cuerpo humano inicia unos mecanismos de defensa fisiológicos. Estos contribuyen a distorsionar la realidad para hacerla menos frustrante.

La soledad, el miedo y la lucha por la supervivencia son pequeñas gotas que van alterando la mente. Por un lado, la persona se siente sola y abandonada en las circunstancias en las que viaja. Por el otro, la imposibilidad de volverse a unir en un futuro cercano con la familia crea un sentimiento de vacío devastador. A esto se le suma el temor de fracasar en el proyecto migratorio, de ser descubiertos, de ser devueltos a una patria natal que ya no les corresponde. El mismo Ulises rompía a llorar al ver las múltiples adversidades a las que se tenía que enfrentar para volver a su hogar: “Se encontraba sentado en la orilla. No se habían secado sus ojos del llanto, y su dulce vida se consumía añorando el regreso. Durante el día se sentaba en las piedras de la orilla desgarrando su ánimo con gemidos y dolores, y miraba al estéril mar derramando lágrimas”. Para él, el mar volvía a convertirse en depósito de sus llantos.

El proceso migratorio forzado supone un gran reto físico, mental y emocional para las personas. En el caso de aquellos obligados a huir de su tierra todo acaba siendo más extremo. La vida es llevada al límite, la salud mental es puesta a dura prueba. Los inmigrantes que padecen el Síndrome de Ulises presentan síntomas de depresión, ansiedad y repercusiones físicas. Los más frecuentes son los sentimientos de tristeza, fracaso, indefensión acompañados por llanto y culpa. El miedo, la soledad y el duelo acaban siendo potenciados por el mismo viaje sin rumbo fijo. A todo esto, se le suman una serie de respuestas fisiológicas al estrés, divididas en cuatro etapas. La primera es la negación. Muchas de las personas que se ven envueltas en situaciones extremas de migración empiezan negándose a sí mismos que todo aquello esté sucediendo realmente. Nadie espera que el proceso sea tan duro, tan difícil, tan peligroso, tan agotador. La siguiente reacción es la resistencia. Se caracteriza por protestas y quejas ante la situación vivida. Una rabia contenida que no halla respuestas.  A esto le sigue un proceso de aceptación. El espíritu luchador de las personas que buscan una vida mejor, incluso a costa de perderla, que saben que lo único que les quedan son sus fuerzas. Por último, la restitución. Es decir, una reconciliación casi espiritual con uno mismo. La persona se da cuenta que no es su culpa estar viviendo esa situación. Y aquí continúa la lucha.

En el corazón de estos inmigrantes, se crea una ambivalencia de sentimientos hacia el país natal y el país receptor. Se odia y se ama en partes iguales a cada una de las patrias, la que le vio nacer y la que le da la nueva vida. El odio se dirige al país del que tuvieron que huir, como se puede llegar a odiar a una madre que no ha sido capaz de cuidar de su hijo. También se crean fuertes sentimientos de odio hacia el país que los acoge, por hacerles sentir perennemente diferentes. Pero a la vez, también se generan sentimientos de amor y añoranza hacia una patria perdida, soñada, idealizada. Además, se deposita en el nuevo hogar toda la esperanza que cabe en el corazón de un hombre. Tras diez años de viaje, Ulises por fin consiguió volver a su Ítaca querida. Sin embargo, para muchos de los migrantes forzados el viaje parece no tener fin. Una vez llegados a su lugar de destino quedan muchos puentes por superar para conseguir una adaptación completa. Para ellos, la Odisea aún no ha acabado.

 

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