El infante que no habla

El término infancia, del latín “infans”, denota a aquel que no habla. Esta primera aproximación etimológica al término expresa una cierta fragilidad en el concepto. El niño es aquel que por sí mismo no tiene la capacidad de hablar. En casos de abusos sexuales, la palabra es más esclarecedora que nunca. En la antigüedad, los niños eran tratados con crudeza, de una manera muy parecida a como se hace en el mundo animal; la norma era la supervivencia. El niño que nace con una discapacidad será abandonado; el que llora demasiado, castigado, y lo que experimenta un comportamiento extraño, será expulsado del hogar. El infanticidio y el abandono de niños era una práctica recurrente y tolerada por muchas civilizaciones.

El pensador social Lloyd deMause, experto en motivaciones psicológicas de eventos históricos, define la historia de la infancia como un relato de horrores. Los menores no siempre han sido considerados como los más frágiles del núcleo familiar. Por deMause, su historia se basa en discriminaciones, muertos, castigos físicos, violaciones y abusos de todo tipo. Desde las primeras civilizaciones de las que tenemos constancia, esta práctica de superioridad del adulto sobre el niño se ha ido perpetuando durante toda la historia de la humanidad. En su obra crucial, “La historia de la infancia” (1974), deMause intenta analizar la evolución de la relación entre padres e hijos a lo largo de la historia. La conclusión: la historia de la infancia es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco.

El umbral de lo moralmente aceptable
En la antigua Esparta, los niños que nacían con algún tipo de defecto físico eran vertidos desde la Roca Tarpeya (infanticidio). Durante la época medieval, los niños eran abandonados por parte de sus padres biológicos en manos de una nodriza para que esta se hiciera cargo (negligencia afectiva). Durante siglos, se han aterrorizado a los niños con historias sobre hombres que vendrían a secuestrarlos durante la noche (maltrato emocional). El tráfico de niños derivado de la antigua venta de esclavos sigue existiendo hasta hoy en día. Exactamente igual que todos los otros tipos de maltrato mencionados. Como diría deMause, aún no hemos despertado de la pesadilla.

El punto de inflexión que marcó un antes y un después en la concepción de los abusos sexuales fue la época romana. Con el inicio del derecho se fueron marcando las líneas rojas, creando un precedente para las futuras legislaciones al respecto. El emperador Augusto fue el primero en intentar dar forma a una regulación en referencia a los abusos sexuales a menores. Pero al mismo tiempo, en la cuna de nuestra civilización, la cultura grecorromana, el abuso sexual a menores era considerado moralmente aceptable. Los hombres grandes y sabios tenían el derecho de utilizar los más jóvenes como objetos sexuales. Los “maestros y pedagogos” de la antigüedad se sentían con el poder de hacer lo que quisieran con sus jóvenes discípulos. De hecho, una de las prácticas más habituales era la castración de los jóvenes para prostíbulos. En la Antigua Roma se practicaba sexo anal con menores de edad, ya que se decía que los jóvenes castrados producían más excitación. En cambio, en las culturas precolombinas como la azteca y la maya los abusos sexuales a menores eran considerados una ofrenda a los dioses. Que un sacerdote decidiera violar a un niño era un acto de gracia que tendría repercusiones en la prosperidad de la civilización.

La aparición del cristianismo marcó un antes y un después en la concepción de los menores; la visión religiosa cambió propuso una visión pura e inocente del niño. Los niños dejaban de ser objetos sexuales y quedaban totalmente aislados de los placeres carnales. Sin embargo, hizo falta un caso entre el esperpento y la justicia para cambiar definitivamente la historia de los derechos de la infancia. Mary Ellen era una niña de 10 años maltratada por su familia adoptiva. La chica, durante el juicio, declaró: “Mi padre y mi madre están muertos. No sé la edad que tengo. No recuerdo haber recibido nunca un beso por parte de mis padres adoptivos. No tengo ningún recuerdo de haber salido a la calle en mi vida”. Las pruebas contra los padres adoptivos eran contundentes, pero no se les podía condenar por la falta de regulación sobre derechos de los niños. Como entonces no existía ninguna jurisdicción en relación a los derechos de los niños, su abogado tuvo que recurrir a una estrategia inédita para poder defender a la joven Mary Ellen. Se puso en contacto con Herny Bergh, un abogado de la Sociedad Americana para la Prevención de la Crueldad contra los Animales y el juicio se resolvió a favor de la niña gracias a la aplicación de leyes contra el maltrato animal.

Desconfiar del mundo, la derivación de la psicología evolutiva
Cuando construyes tu identidad a partir de una narrativa de agresiones y humillaciones es muy difícil crear una personalidad serena y estable. Desde la psicología evolutiva, se estudian todas las variables que inciden en el desarrollo personal del individuo. Las situaciones de abuso, al igual que cualquier otra dinámica de maltrato, suponen una incidencia negativa en el desarrollo de un sujeto. Durante su vida, el individuo aprende a amar y a considerarse una persona estimable. En el caso de una situación de abuso, este proceso queda truncado. Durante la infancia y la adolescencia se desarrollan gran parte de las conexiones neuronales que nos acompañarán a lo largo de la vida y determinarán nuestra personalidad y pensamientos a la hora de interpretar el mundo. Por eso mismo, la vivencia de un trauma será un punto clave a la hora de entender nuestro carácter y comportamiento. Cuando un niño es víctima de un abuso, esta experiencia pasará a formar parte de sus recuerdos y de su personalidad.

La incapacidad de amar
Durante la infancia, el niño aprende a amar. En esta etapa, adquirimos una serie de habilidades sociales muy relacionadas con la autoestima y las relaciones interpersonales. Durante los primeros 3 años de nuestra vida creamos vínculos hacia los seres cercanos que nos transmiten la sensación de seguridad, como es el caso de los padres. A partir de aquí aprendemos a base de acierto y error y vamos adquirimos el conocimiento de qué está bien y qué está mal. Por lo tanto, hasta los 7 años todo lo que se presente como una actitud normal, el niño o niña lo integrará. En el caso de los abusos sexuales, el niño desarrollará una conexión entre el agresor y él que supondrá una sumisión directa por parte del menor, sin necesidad de que el adulto exprese o manifieste de manera directa la intención de agredir.

Esta serie de consecuencias se producen hasta los 12 años. Durante esta etapa es cuando por primera vez conseguimos hacer un relato de nosotros mismos; explicas tu presente a partir de la trayectoria de tu pasado y eso te permite explicar tu futuro como una continuidad. José Luis Lalueza, psicólogo evolutivo, explica su experiencia laboral en un centro de menores. El caso de una chica víctima de abusos sexuales durante la infancia ilustra perfectamente esta relación de desconfianza patológica: “Ella decía que aunque sus padres de acogida hacían que la querían, pero que esto no era cierto. Quería demostrarlo insistentemente y por eso les hacía la vida imposible. Nos encontramos en una situación extrema de desconfianza, sobre todo ante personas que son cariñosas contigo. Esto hace imposible crear relaciones estables con familia o amigos “, explica Lalueza.

Esquemas perversos para ver el mundo
Hay un paralelismo entre el desarrollo cognitivo y el desarrollo moral del individuo. Hasta los 11 años nuestros valores se definirán por la presión externa, ya que debemos obedecer para no ser castigados, pero a partir de aquí y hasta los 19 años, nuestros valores se definirán con el fin de agradar al nuestro entorno. Los abusos sexuales hacen que los niños no desarrollen correctamente la parte emocional del cerebro y esto les provoca carencias tanto intelectuales como afectivas. Aunque el coeficiente intelectual no mermará, sí se verán afectadas las capacidades de aprendizaje y comprensión. Esto se debe a los altos niveles de estrés al que es sometido a una criatura durante un abuso sexual.

José Luis Lalueza, investigador de la Universidad Autónoma de Barcelona en el área de psicología evolutiva, explica que este sentimiento de culpabilidad es muy frecuente en los menores abusados. Según el experto, siempre llega el momento en que el abusador intenta demostrar que la víctima se implicaba en los abusos y que, por tanto, la culpa también es suya. “Sólo cuando te encuentras con gente que han sufrido lo mismo que tú, te atreves a denunciar. Por eso aparecen tantas denuncias en cadena. Necesitas hablar con alguien que lo legitime “, explica el psicólogo.

Consecuencias a largo plazo
Un adulto que ha sido víctima de abusos se mostrará menos sociable a lo largo de su vida, por el hecho de no haber desarrollado la sensación de confianza y seguridad hacia otras personas. El trauma distorsionará la manera que tiene de percibir las relaciones personales, al concebirlas como experiencias desagradables.

En un estudio de la revista chilena Scielo de pediatría se repasa la frecuencia de las consecuencias psicológicas del abuso a menores. Los síntomas derivados de una agresión se dividen principalmente en tres categorías: reexperimentación, evitación y aumento de la actividad. En el primer grupo, encontramos consecuencias como recuerdos intrusivos, los flashbacks o el malestar fisiológico y psicológico. Se calcula que más de un 40% de los casos estudiados han visto restringida su vida afectiva raíz de los casos de abuso. Estas cifras demuestran hasta qué punto afecta la agresión a la vida de la persona. En esta línea, los expertos consideran que la impotencia de no haber podido controlar el abuso, hacer frente o no entenderlo provoca en más de la mitad de los casos estudiados una situación de irritabilidad constante.

Un futuro incierto
El abuso sexual es una relación excesivamente destructiva. Pero aún lo es más si lo hace alguien del mismo entorno familiar. José Luis Lalueza, psicólogo evolutivo de la Universidad Autónoma de Barcelona, ​​explica: “Si además quien te habría de proteger no lo hace, todavía es peor. Si sufres abusos por parte de tu padre y tu madre no dice nada, la experiencia resultará aún más traumática. Es absolutamente devastador “, comenta. Según el experto, todo depende de cómo haya transcurrido el proceso. Si el incidente no se ha solucionado, resulta una afectación importante en todo el mundo afectivo del individuo. Hay que tener en cuenta que estos episodios no resueltos no siempre tienen que desembocar en agresividad. Otra salida es la de crear vínculos enfermizos con sus hijos, por exceso de protección, en compensación al trauma sufrido. En términos generales, el resultado es que a estas personas les cuesta mucho vivir en situaciones libres de angustia y ansiedad.

Cuando construyes tu identidad a partir de una narrativa de agresiones y humillaciones es muy complicado construir una base que te dé confianza. A no ser que haya una intervención. En este caso deberíamos hablar de la resiliencia, es decir, de la capacidad de reconstruirse a uno mismo. Si en tus primeros años te has sentido mínimamente querido y has establecidos vínculos de confianza, será más fácil recuperarse después de experiencias traumáticas. Sobre todo si tu entorno es partícipe de la recuperación. Lalueza, psicólogo evolutivo, comenta: “Hay mucha gente que ha sido capaz de recuperarse. Pero para ello es absolutamente necesario poderlo comunicar “. Según el experto, la denuncia es una de las maneras más habituales de comunicar el trauma. En el fondo, la base de todo es conseguir encontrar a alguien que legitime tu posición.

Extracto del reportaje colaborativo elaborado en el marco de la asignatura Periodismo Especializado en Criminología (marzo del 2016).

 

 

 

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